Mi Historia

Si he de comentar mi biografía como Evan G.B., tengo que remontarme muy atrás, me acuerdo de cómo empezó todo y de quedarme pegado a la tele de pequeño, no tanto por lo que pasaba en la pantalla como por los colores, por cómo estaba construida cada imagen. Enseguida empecé a intentar sacar en papel esos mundos que veía y, poco después, a inventarme los míos propios.

Luego llegó el cómic impreso, y Dragon Ball fue de los primeros que tuve entre las manos. Ahí empezó mi historia con este medio. Dibujaba sin parar, copiando a autores que me fascinaban por una cosa u otra: Toriyama, Moebius, y ya de adolescente, Albert Monteys y, sobre todo, Joe Matt, con esa manera suya de contarlo todo sin filtro, hasta lo más incómodo.

Con el tiempo empecé a explorar por mi cuenta, de manera autodidacta, técnicas de ilustración y pintura. La acuarela ocupó gran parte de mi infancia: una técnica compleja, pero barata, y me fascinaba cómo se expandía el agua sobre el color, la marca que dejaba.

Animado por mis profesores y por algunos compañeros, di el paso hacia una formación más reglada. Empecé con el bachillerato de arte, seguí con unos módulos de fotografía artística —encuadre, encaje, composición— y después llegaron la carrera de Bellas Artes y el máster en Dibujo Artístico, siempre en la Universidad de Granada. Este mismo año cerré esa etapa con el doctorado en Dibujo: Creación Artística, Producción y Difusión — soy, desde 2026, doctor en dibujo.

De esos años me quedó, sobre todo, una manera de mirar: aprendí a leer la composición y la abstracción desde el lado de quien crea, a distinguir qué hay detrás de una obra y qué llevó a un artista a resolverla así y no de otra manera.

Ahí nació mi interés por la mancha en sí misma, y  por lo azaroso. Conocí la decalcomanía de Óscar Domínguez, el pintor canario que tanto trabajó esa técnica, y empecé a encontrar figuras en manchas de tinta que, al principio, solo veía yo un cuerpo asomando entre una mancha roja, como en Corpus. Mi trabajo era dar las pistas justas para que quien mirara el cuadro llegara a ver lo mismo que yo había visto ahí. Sacar la obra de la mancha, como decía Miguel Ángel.

En paralelo siempre ha estado la pintura japonesa: el ukiyo-e, el sumi-e, ese dibujo clásico que construye la forma a partir de la mancha sin necesidad de una línea que la defina —aunque yo sigo usando la línea, y bastante. Con los años fui mezclando la herencia de la decalcomanía con esa mirada hacia el arte oriental, cada técnica dejando su huella sobre la siguiente, como una bola de nieve que no ha dejado de crecer.

Por el camino probé cosas que no siguieron conmigo: el grabado, algo de acrílico (aunque esta sí que sigo usándola), la encáustica, hasta cambiar el lienzo por la tela de saco en algún retrato. De esa época queda Paul, una mancha de café que un día se me reveló como una pareja caminando por la calle, ella abrazada a él, él con la mirada perdida —el mismo derrotismo del personaje de El último tango en París

En la universidad descubrí la tinta Parker y las anilinas que se degradaban al contacto con la lejía es de las pocas tintas que se diluyen bien con la lejía, y por eso sigo usando justo esa. Aquello me enamoró: los tonos que sacaba la lejía sobre la tinta terminaban dibujando la figura, o ayudando a hacerlo, siempre sobre esas manchas heredadas de la decalcomanía. Con el tiempo sumé la pintura china, para acercarme a un acabado más próximo al sumi-e y al ukiyo-e, pero con mi toque, como en los dragones de Ying Yang. Hoy toda mi obra reciente vive dentro de ese arte con tinta: tinta Parker y lejía, tinta china y pintura china, en distintas proporciones según la pieza.

Durante varios años trabajé como artista 2D para estudios de videojuegos nacionales e internacionales, una etapa que me permitió desarrollar una forma de trabajar muy ligada al diseño, la narrativa visual y la resolución de problemas gráficos. Más tarde dirigí también, durante un tiempo, la identidad visual de Ludarchy una pequeña empresa de serious games catalana. En 2012 publiqué Vilipendios y Miradas que habitan, uno desde el arte abstracto y el otro desde el arte figurativo; un año antes había participado en TBO 4 Japan, un cómic solidario, y también fui autor en El Batracio Amarillo, la revista satírica granadina. Hoy alterno el diseño gráfico freelance con mi obra personal.

Tuve un profesor en mi academia de cómic, Sergio García, al que recuerdo con mucho cariño, que siempre decía que lo más importante en una obra era contar una historia simple de una manera compleja. Se me quedó grabado.

Lo que quiero que sienta quien mira una obra mía cambia con cada pieza. Lo que sí se repite en todas es una carga emocional seria, muy presente: todas intentan contar algo de mi vida, un momento en el que estaba haciendo esa obra, una época buena o mala, pero siempre una historia, siempre una manera de sentir. Unas cuentan un momento concreto en el que me sentía de una forma; otras, momentos más bajos, en los que me sentía de otra muy distinta.

Y experimentar, mancharme constantemente, siempre ha sido lo que más me ha atraído de todo esto. Ahí está, creo, el germen de mi forma de entender el arte experimental.

Pintar es una vía de escape, una pulsión interior, casi una terapia: necesito pintar por que, cuanto más lo hago, mejor me siento conmigo mismo, y creo que pinto menos de lo que debería. Cuando alcanzo esa «zona» en la que solo existimos yo y la obra, encuentro una paz interior que no encuentro en ningún otro sitio. Louise Bourgeois tiene una frase que me acompaña desde hace tiempo y con la que me siento muy identificado:

Art is a guarantee of sanity.

No la uso como cita bonita para adornar el texto, sino porque resume muy bien cómo entiendo yo el arte.

Ahora mismo estoy trabajando una nueva serie secreta, buscando ese punto de encuentro entre el gesto y la figura. Cada pieza que sale de aquí es una obra original e irrepetible, hecha con esa misma pintura gestual que llevo arrastrando toda la vida.

Sigo siendo, en el fondo, aquel niño pegado a la tele fijándose en los colores, solo que ahora firmo como Evan G.B. y llevo unos cuantos años más de aprendizaje encima. Creo que seguiré experimentando hasta el día que me muera, generando obras cada vez más atípicas. Según mi punto de vista, claro.